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La Ley Scout

La ley es un tema central en el inicio de la adolescencia

Uno de los grandes temas de la primera etapa de la adolescencia es el de la ley, es decir, la elaboración de una actitud positiva y responsable frente a las normas y a la construcción de los valores morales personales.

En un primer momento -sobre todo debido a la actitud inicial de los adultos, que se desconciertan ante la nueva realidad de los jóvenes y “reaccionan” generalmente en forma rígida- el adolescente entra en una fase de indisciplina y cuestionamiento de la autoridad de los padres y de los adultos. Las normas, fácilmente aceptadas durante la infancia, ahora son cuestionadas. Es una etapa necesaria y decisiva para acceder a la autonomía moral. Más que contrarrestar este cuestionamiento, los educadores debemos favorecerlo y apoyarlo. El método en la Rama Scout otorga una gran atención a este asunto, ya que si el adolescente fracasa en la construcción de su autonomía moral, las consecuencias pueden ser dramáticas para su equilibrio futuro.

Sólo a partir de los 10 u 11 años el niño percibe que la norma reposa sobre el consentimiento mutuo

Se puede entender la evolución del concepto de la ley observando la forma en que progresivamente las reglas del juego son consideradas y aceptadas por los niños.

En el juego, la norma es el resultado de un compromiso entre dos deseos contradictorios: de una parte, el deseo de ganar, de ser el más fuerte, de afirmarse frente a los otros; y de otra parte, el deseo de continuar jugando “con” los otros. Si yo quiero ganar siempre, terminaré por frustrar a los otros, los que evitarán jugar conmigo. Para que el juego continúe, yo debo admitir que los otros también deben tener la posibilidad de ganar. Debo ser capaz de “ponerme en su lugar”, aceptando una regla que defina de manera objetiva los derechos y los deberes de cada uno y determine cómo se puede ganar.

Hasta los 2 ó 3 años, el niño no tiene ningún sentido de la norma. Utiliza sus juguetes según el capricho de su fantasía: los lanza en cualquier dirección, los entierra, los abandona, los retoma. En la etapa preescolar el niño juega “en compañía” de otros pero no “con” otros, ya que aún el concepto de la regla no aparece. Esto se aprecia muy bien en los jardines infantiles, donde se puede ver a los niños “jugando juntos”, pero muy poco “entre ellos”.

A partir de los 5 ó 6 años y hasta los 9 ó 10 años, las reglas se hacen presentes pero son consideradas como sagradas, ya que los niños piensan que provienen de los adultos y que ellos mismos no pueden cambiarlas o modificarlas. En esta edad, con distintas intensidades a medida que se crece, los niños todavía están demasiado encerrados en su propio deseo de afirmarse y aún son incapaces de ponerse en el lugar de los otros como para aceptar verdaderamente una norma.

Ellos imitan la regla de los más grandes, pero no llegarán verdaderamente a respetarla. Siempre habrá un jugador que hace trampas porque el deseo de ganar es demasiado fuerte. Cuando eso ocurre, todo el mundo se pelea, el juego se detiene, se ponen nuevamente de acuerdo y el juego recomienza, para detenerse sólo algunos minutos más tarde en medio de nuevas disputas.

A partir de los 7 u 8 años, los niños empiezan a ser más capaces de cooperar en un grupo, es decir, repartirse responsabilidades para lograr un objetivo común, ya que se reconoce progresivamente una ley. Respecto a ella, el aprendizaje consiste en obedecerla y ponerla en práctica. Es por eso que la Ley de lobatos y lobeznas se inicia con la proposición de “escuchar y respetar a los otros”.

Pero como todavía no hay una aceptación razonada de la regla, aún no puede haber cooperación plena. De ahí que en la Manada la seisena básicamente facilita la organización y el control del grupo, no llegando a tener el carácter de “comunidad de vida” que atribuimos a la patrulla y, con más intensidad, a los equipos de las Ramas Mayores.

Es solamente a partir de los 10 u 11 años que las cosas cambian: se empieza a percibir que la regla reposa sobre un consentimiento mutuo. A partir de entonces la opinión de los niños es que la norma no proviene de los adultos. Ha sido inventada por ellos mismos y pueden cambiarla si están de acuerdo en hacerlo.

Antes de los 10 u 11 años la moral es convencional

De la regla del juego se pasará a las normas morales. Hasta los 7 u 8 años los niños no juzgan los actos por ellos mismos y se conforman con etiquetarlos a partir de normas culturales: “bueno o malo”, “con razón o sin razón”. Sólo frente al provecho personal inmediato se obtiene que los niños eviten el castigo y se sometan a la autoridad. Ellos estiman, por ejemplo, que mientras más inverosímil más grave es una mentira. Una tontería es más grande mientras más grave es el daño material que produce. La intención no cuenta. El castigo es considerado como expiatorio: es preciso aplicar al culpable una pena de tal magnitud que le haga sentir la gravedad de su falta.

De los 7 u 8 hasta los 10 u 11 años es la etapa de la moral convencional. El niño adecúa su comportamiento al rol que corresponde a las expectativas de sus padres o del grupo social, según él percibe lo que es ser un “buen niño” o una “buena niña”. La ley y el orden, el respeto a la autoridad, son considerados como absolutos. A falta de una experiencia social suficientemente rica o porque han sido sometidos a una educación demasiado rígida o autoritaria, ciertos adultos permanecen bloqueados a este nivel. Aplicando el gráfico que sigue, podríamos decir que ellos quedan detenidos en los comportamientos sumisos propios de la infancia y que, tratándose de adultos, se convierten en comportamientos neuróticos.

moral-convencional

A partir de los 10 u 11 años se inicia el acceso a la autonomía moral

A partir de los 10 u 11 años, al mismo tiempo que deviene capaz de razonar lógicamente, el niño accede poco a poco a la etapa de la autonomía moral. Capaz de evaluar a las personas a partir de sus actos y de reconocer sus rasgos íntimos de carácter, percibe sus defectos y sus debilidades y no tiene ya más una confianza ciega en su autoridad. Es así como comienza a juzgar por sí mismo sus propios actos y los de los demás.

Los principios morales son aceptados personalmente como una manera de compartir los derechos y los deberes en el grupo al cual se pertenece. Hacia los 12 años, el niño acepta las reglas como una suerte de contrato entre los individuos. Las leyes ya no son intangibles y pueden ser cambiadas por consentimiento mutuo. Poco a poco -y sobre todo en la segunda adolescencia, hacia los 15 años- el joven accede al concepto de valores universales: justicia, reciprocidad, igualdad, dignidad. Los principios morales se ligan a un “ideal social” más que a la realidad de la sociedad. El “derecho” es definido a partir de una adhesión personal y consciente a los principios morales. Es, en el hecho, el acceso al concepto “adulto” de la ley, que supone un respeto crítico y una actitud democrática, como se muestra en el gráfico anterior.

Los jóvenes aprenden el valor de la norma por el testimonio de sus “modelos” y por la experiencia de la relación con sus pares

Sin embargo, esta evolución no cae por su propio peso. Como lo muestra el gráfico, las posibilidades de bloqueo o de desviación son numerosas y pueden impedir al individuo acceder realmente a la autonomía moral y a una concepción adulta de la ley. Ciertas personas, puestas en la situación de educadores, agravan las dificultades en razón de que ellas mismas tienen un nivel de madurez insuficiente en relación a la ley. Como ya lo dijimos, el autoritarismo y el control excesivo pueden mantener abusivamente a la persona en una actitud de sumisión infantil: “yo obedezco sin discusión a toda ley y a toda autoridad”. Una actitud de sobreprotección, que reduce las interacciones sociales con los pares, puede conducir al mismo resultado.

A menudo el autoritarismo o la sobreprotección conducen a los jóvenes a una rebelión brutal y a un rechazo de toda ley. Como reacción, el adolescente rebelde desafía asumiendo comportamientos provocadores y experiencias de alto riesgo. Con la convicción de que “toda ley es mala”, la persona es conducida a la inadaptación e incluso a la delincuencia.

Al contrario, una actitud demasiado permisiva no dejará al joven estructurarse. Ella le mantendrá fijo en un estado en que los impulsos básicos y el placer personal serán la sola “ley”. Padres y educadores que han sufrido en su juventud una educación demasiado autoritaria, tienden a educar a sus hijos y alumnos en un ambiente en que la actitud central es “dejar hacer”, lo que puede conducir a variadas sociopatías autorreferentes y comportamientos de índole fascistoide.

Para acceder a un nivel adulto de “respeto crítico” frente a la ley, el célebre psicólogo Jean Piaget distingue dos “motores” que permitirán al joven progresar hacia la autonomía moral. Por una parte, el respeto unilateral, es decir, el respeto de los jóvenes por los mayores y la influencia del adulto sobre el joven; y por otra, el respeto mutuo, es decir, la influencia recíproca que dos personas de igual estatus ejercen una sobre otra. El desarrollo armonioso de un joven, sobre todo durante la adolescencia, requiere estas dos influencias: “modelos” con los cuales se pueda identificar y que sean testimonio de valores de vida; y la posibilidad de experimentar en el seno de un grupo de pares una progresión que permita la discusión y la elaboración de normas.

La ley scout se hace propia al igual que la norma: A través de dirigentes que son testimonio de la ley y por la experiencia de la vida de grupo existente en las patrullas y en la unidad

En la Rama Scout estos dos motores son esenciales y están representados por la Ley Scout como código de valores, sustentada por el testimonio y ejemplo de los adultos; y de otra parte, el sistema de “autogobierno” propuesto por el método scout con sus pequeños equipos autónomos (las patrullas), el Consejo de Unidad (el “poder ejecutivo” de la sociedad de jóvenes) y la Asamblea de Unidad (el “poder legislativo”), donde la vida de grupo será evaluada para definir y revisar las reglas de vida común, a la luz de la Ley Scout.

Como dice Piaget, estos dos elementos permiten a los jóvenes “aprender por la experiencia lo que es la obediencia a la regla, el apego al grupo social y la responsabilidad individual”.

Agreguemos que la Promesa refuerza el proceso de experimentación y apropiación de valores a través de la vida de grupo. La Promesa Scout es una decisión personal, por la cual el joven expresa su adhesión a los valores descubiertos y su compromiso de “hacer lo mejor de sí mismo” para vivirlos y profundizarlos.

La ley scout propone vivir de acuerdo a valores

La Ley Scout expresa en forma ordenada aquella parte de los valores propuestos en el proyecto educativo del Movimiento Scout que los jóvenes pueden comprender y vivir a su edad.

Pero es mucho más que un ordenamiento armónico. Es un código de conducta que se propone a los jóvenes para elegir y orientar su camino en la vida. Y más aún, es una invitación a que conviertan esos valores en parte de su personalidad. Para ser coherentes, las personas necesitamos pensar y actuar de acuerdo a nuestros valores. Sólo de esa forma se convierten en instrumentos a través de los cuales observamos, interpretamos y experimentamos el mundo.

La Ley Scout es una proposición y no una imposición. Una proposición enteramente positiva, no arbitraria, expresada en un lenguaje próximo a los jóvenes y respaldada por razones que invitan a adoptarla.

A través de su Promesa Scout cada joven, en el momento en que se sienta preparado para tomar una opción, se compromete con los valores propuestos en la Ley y promete incorporarlos en su vida.