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El Interés por la Aprobación de un Territorio

Ganar espacios

La exploración está estrechamente ligada a la aventura y ésta a la búsqueda de nuevos territorios o espacios, que siempre significan nuevas dimensiones y perspectivas para la vida.

En las antiguas expediciones, con gran parte del mundo por descubrir, la exploración se confunde con la búsqueda de nuevos territorios. Casi no es posible encontrar exploraciones que no estén marcadas por este signo

Es el propósito que en el siglo X impulsa a Erik Thorvaldson, más conocido como Erik “el Rojo”, a abandonar los fiordos y costas de Noruega y, en una frágil embarcación de no más de 5 metros de ancho, adentrarse en el helado Atlántico norte sin más brújula que el sol, la luna y las estrellas. Erik, que en esa ocasión no tenía más de 20 años, organizó la huida de su familia, agobiada por los impuestos del reyezuelo Haarfager, quien había exterminado a casi todos los reyes noruegos y suprimido los derechos de los que poseían tierras.

Erik y su familia llegaron a la “tierra del hielo”, hoy Islandia, donde antes había llegado el vikingo sueco Floki y posteriormente se construyó una colonia. Pero Erik volvió a partir, esta vez solo, adentrándose siempre rumbo al noroeste, avanzando entre los hielos eternos del Círculo Polar.

En un mar inmenso, sin días ni noches, con un pálido sol que no se ocultaba jamás, logró al fin encontrar una costa reverdecida, donde asomaban pequeños bosques de sauces y abedules, zarzamoras cargadas de frutos y pastos aptos para la cría de ganado. Erik llamó a esta tierra Groenlandia, que quiere decir “tierra verde”.

Alrededor del año 1000, Leif Erikson, hijo de Erik, quien heredó el temperamento de su padre, reunió a 40 jóvenes con los que construyó una flotilla de naves, en la que se lanzaron al Atlántico rumbo al suroeste. Descubrieron costas de bosques frondosos a los que llamaron Markland o “tierra de la madera”, y otras más al sur que denominaron Vinland o “país del vino”. Luego de un año de recorrido volvieron a Groenlandia a comunicar su descubrimiento, pero sus habitantes no se entusiasmaron con las nuevas tierras.

Hoy los historiadores modernos, al admitir que Leif llegó hasta las costas de Nueva Escocia, en el actual Canadá, lo reconocen como el primer europeo que estuvo en el continente americano, 500 años antes de la llegada de Cristóbal Colón.

La historia está llena de exploraciones épicas como éstas, en que cada una a su manera organizó el sueño de un hombre o de un pueblo por la apropiación de un territorio.

Mejorar el mundo

Gracias a la tenacidad de generaciones de exploradores, apenas queda en la Tierra un lugar desconocido o sin nombrar. Sabemos qué hay en las profundidades oceánicas y en la cumbre de la montaña más elevada. Los mapas registran las áridas rocas de los desiertos y los glaciares de las regiones polares más frías. Ni siquiera la gravedad terrestre ha impedido a los exploradores adentrarse en el espacio sideral.

Al hacerse familiares los lugares más distantes, ha cambiado la naturaleza de las exploraciones. Ahora el desafío no estriba en descubrir tierras desconocidas, sino en comprender el planeta con su clima y sus seres vivientes.

Durante millones de años los ecosistemas han vivido en delicado equilibrio. La exploración en sí misma apenas los altera. Pero cuando los hombres emigran a regiones recién descubiertas, provocan cambios permanentes. Las exploraciones de otros tiempos mostraron a nuestros antepasados las maravillas de la Tierra y nos legaron a nosotros su testimonio. Es deber de los actuales preservar esta maravilla para las futuras generaciones. Hoy es la época de la exploración de nuevas dimensiones de la vida sobre el planeta.

Los exploradores de territorios han visitado selvas tropicales remotas, pero los científicos saben todavía muy poco, por ejemplo, acerca de la “canopia” o manto de follaje que se eleva a 30 metros de altura. La mayoría de las especies vegetales o animales que allí viven no han sido aún identificadas o nombradas. Sin embargo, el desarrollo comercial destruye casi 150.000 kilómetros cuadrados de selva al año.

Pareciera que poco queda por descubrir en el Amazonas, pero recién se inician con gran dificultad investigaciones científicas para estudiar el reciclaje de la selva, su suelo y sus aguas, la evolución del terreno y la vida de los insectos.

La Antártida ha sido explorada y parece suficientemente conocida, pero los 3,5 kilómetros de espesor de su casquete de hielo es un banco de datos que permite averiguar cómo han cambiado el clima y la atmósfera en los últimos 160.000 años.

Los satélites artificiales que hoy giran a una altura de 900 kilómetros de la Tierra ya no constituyen una novedad, pero a cada minuto nos envían señales que los computadores convierten en fotografías de alta precisión, útiles para cartografiar las regiones más remotas, buscar recursos minerales y detectar la polución y las plagas de las cosechas.

La exploración de los desiertos es muy antigua y una de cada 8 personas vive en zonas desérticas o poco lluviosas, pero su estudio científico es reciente. Más de un millón de kilómetros cuadrados de tierra fértil se transforma en desértica cada 5 años. Hoy el desafío no es explorar esos desiertos, sino investigar para revertir a la brevedad este proceso.

Asumir la aventura de crecer

Ya sea en la proa de un barco vikingo, tratando de avistar nuevos territorios, o frente al lente de un microscopio, descifrando los misterios de la célula, a través de los siglos la exploración es siempre el fruto de un mismo espíritu de aventura. Sin aventura no hay nuevos territorios ni nuevas dimensiones de la vida.

La escritora norteamericana Helen Keller, que víctima de escarlatina quedó ciega y sorda a los 19 meses de vida, ya a los 13 años dominaba el alemán, traducía al latín, conocía el griego y empezaba a hablar francés. El “nuevo territorio” de su vida, como ella misma lo describió, consistía en sustituir la vista y el oído por un mundo de sensaciones táctiles y algo de gusto y olfato. Ese mundo tangible de volúmenes y formas, de sensaciones y olores, le permitió estudiar, conocer, comunicarse, escribir, amar y dedicar gran parte de su vida a otros como ella. Esta mujer, reconocida y admirada por el mundo entero, escribió desde la experiencia de sus sombras que “…la vida, o es una aventura, o no es nada”.

Para John Dewey, f ilósofo norteamericano que ha influido fuertemente en la educación moderna, la prueba de la vida residía en la aventura del crecimiento. En su libro Reconstrucción de la Filosofía, Dewey afirma que el objetivo de la vida no es la perfección como meta final, sino “el constante proceso de perfeccionamiento, madurez y refinamiento”. Ese proceso siempre será una aventura y significará explorar nuevos territorios, ámbitos y perspectivas.

De la exploración de nuevas dimensiones recogemos el elocuente testimonio de la poetisa y humanista mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, quien llegó a ser una de las personalidades más destacadas en la literatura latinoamericana del siglo XVII. En 1667, a los 16 años de edad, abandonó la vida de la Corte del Virrey de Nueva España para ingresar a un convento carmelita, ya que, según su propia declaración, sólo la vida monástica le ofrecía la oportunidad de llevar a cabo sus propósitos intelectuales. Para poder realizar su hermosa obra poética, debió reivindicar la igualdad de oportunidades educativas para las mujeres, territorio que en su época estaba enteramente reservado a los hombres.

Descubrirse a sí mismo y formar la propia personalidad

Este espíritu de aventura, simbolizado en la apropiación de nuevos territorios y dimensiones, está manifiesto en los dinamismos de los jóvenes. Y si no se manifiesta, está latente. Para que aflore es sólo cuestión de motivación o cambio de ciertas condicionantes, generalmente propias del entorno.

Al igual que los exploradores, los jóvenes de esta edad, hombres y mujeres, orientan continuamente su espíritu de aventura hacia la apropiación de un territorio o de una dimensión diferente, como si el acto de construir un dominio fuera un reflejo, una proyección del deseo de descubrirse a sí mismo y de construir su propia personalidad.

Signos de apropiación de nuevos territorios se empiezan a dar espontáneamente en la vida familiar, más tarde o más temprano, según sea el criterio educativo de los padres. Tener un estante especial para guardar “sus” cosas, disponer de su copia de la llave de la casa, no ser interrumpido o espiado en las reuniones con sus amigos, tener un horario más flexible, si es posible tener una habitación exclusiva, quedarse a dormir en la casa de un compañero, tener una asignación semanal fija de dinero, aunque parezcan asuntos triviales, son hechos que significan traspasar un antiguo límite e ingresar en un “nuevo territorio”. Son signos de autonomía, o por lo menos, de reconocimiento de independencia, que afirman la propia imagen y la personalidad.

El programa scout de actividades -a diferencia de la escuela, que siempre parece descubrir tardíamente la necesidad juvenil de “nuevos territorios”- es una fuente deliberada e inagotable de estas nuevas dimensiones.

La vida en la Unidad, organizada por los jóvenes sin manipulación de los dirigentes; los “secretos” de la Patrulla, guardados con celo en el Libro de Patrulla; el “rincón” o local de Patrulla, exclusivo para ella; las excursiones a lugares variados, distantes o antes desconocidos; el enfrentamiento de responsabilidades, individuales y en grupo, que nunca se les habían entregado; son, entre muchos otros, nuevos territorios y dimensiones que brindan la oportunidad de explorar y conocerse, definir progresivamente la identidad e integrarse en el mundo.

Los nuevos territorios de los jóvenes probablemente nunca serán tan amenazantes como la costa de Groenlandia lo fue mil años atrás para el solitario Erik en su frágil embarcación, ni exigirán de la precisión que implica interpretar una señal satelital, como tampoco demandarán los sacrificios que debió hacer la notable Helen Keller. Lo importante reside en que su significado para los jóvenes es el mismo y en que del testimonio de aquellos grandes exploradores, ellos y ellas tomarán la fuerza y los valores que necesitan para acceder y manejarse en esas nuevas dimensiones.

El método scout no sólo abre las fronteras a nuevas tierras, sino también implica una resignificación de aquellas conocidas por los jóvenes hasta ahora. A medida que se crece, estos nuevos territorios introducirán en dimensiones cada vez más desafiantes. Es “la aventura del crecimiento” de que hablaba Dewey.

No nos atemoricemos ante el empleo educativo de las fuerzas de la imaginación. Como demostró Piaget, en esta edad los jóvenes pueden concebir sin problema espacios abstractos sin ninguna vinculación a lo concreto. Para el realismo total siempre sobrará tiempo. Además, ¿quién de nosotros no se ha forjado con las promesas de su imaginación?

El gran literato inglés William Shakespeare decía que “lo que interesa no es la noche en sí, sino los sueños, sueños que soñamos siempre, en todos los lugares, en todas las épocas del año, dormidos o despiertos”. Y Goethe agregaba que “podemos hacer cualquier cosa en que podamos pensar y soñar. El coraje de comenzarlas contiene en sí mismo el poder, el genio y la magia”.

De ese impulso estamos hablando cuando decimos que uno de los dinamismos que mueven a los jóvenes es la apropiación de un territorio. La particularidad del Movimiento Scout es convertir ese impulso en estrategia educativa y estilo de vida.