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El Gusto por Explorar

nte el umbral del mundo adulto, donde hay tanto por descubrir, incluida la propia personalidad, la exploración y el descubrimiento tienen una resonancia muy particular en la vida de los jóvenes.

Descubrir nuevos mundos

Asombrados ante las transformaciones de su cuerpo, el joven y la joven dejan atrás progresivamente las seguridades infantiles adquiridas en el hogar y responden al impulso de encontrar nuevas identificaciones que configurarán su futura identidad como persona adulta, las que pueden o no coincidir con las aspiraciones del proyecto de vida de los padres.

En cualquier caso, este cambio paulatino en las formas de pensamiento y en las modalidades de ajustarse a la vida, hacen que el marco en que hasta ahora se movían se vuelva estrecho. Aun cuando más tarde pudieran coincidir con el proyecto de los padres, por ahora los jóvenes necesitan horizontes más amplios que les permitan expresar sus nuevas y mayores capacidades. Nada agrada más en esta edad que descubrir lo nuevo y dejarse sorprender por lo imprevisto.

Para desplegar este dinamismo el método scout propone la aventura. Ya no se trata de maravillarse ante los episodios que a otros les sucedían. Ahora se puede experimentar la propia historia.

Para ser parte de esa experimentación, ya no es suficiente un fondo motivador basado en un mundo de fantasía que presenta modelos de sociedad y formas de comportamiento encarnados en grupos y personajes ficticios, a los cuales se les atribuyen valores casi absolutos. Ahora hay que entrar en el mundo real, el de los hechos y de las personas de carne y hueso, el de la historia que efectivamente ocurrió y de la realidad que de verdad está sucediendo.

De ahí que el mundo de la selva ofrecido a lobatos y lobeznas durante la infancia, con sus personajes fantásticos que mostraban las primeras huellas, es ahora sustituido por la atracción de las grandes exploraciones y sus líderes ejemplares. Esas exploraciones y sus protagonistas no sólo entusiasman, también ayudan a desarrollar nuevas identificaciones, ofreciendo un testimonio que puede ser imitado aquí y ahora.

Se arma entonces la mochila y se sale, como en las grandes expediciones, en viaje hacia lo desconocido. El campamento habitual pasa a ser mucho más de lo que es, o de aquello que a los adultos nos parece ser, para adquirir una nueva significación en el alma juvenil. Un joven que parte a una excursión establece un vínculo entre su realidad y las aventuras de los grandes exploradores. Su imaginación está siguiendo, por ejemplo, la ruta de Lewis y Clark, que en mayo de 1804, a pedido del Presidente Jefferson, iniciaron un histórico viaje por el río Missouri, tratando de encontrar una vía que uniera el centro de Norteamérica con el Océano Pacífico.

Así como Meriwether Lewis, William Clark y los demás miembros de su valeroso equipo viajaron casi dos años y medio por el torrentoso río, soportando la lluvia, el viento, las corrientes en contrario, los bancos de arena, el peligro de aborígenes hostiles, el hambre, las mordeduras de serpiente y los mosquitos, una joven o un joven se enfrentará en su excursión a desafíos más proporcionados a sus fuerzas, pero no por ello menos atractivos y apasionantes para su edad. Y al igual que Lewis y Clark, de cuyas aventuras se sentirán partícipes, crecerán en el intento y vivirán episodios que marcarán para siempre sus jóvenes vidas.

Las eventuales incomodidades de la vida al aire libre son casi nada al lado de la legendaria travesía que entre 1914 y 1916 vivieron Ernest Shackleton y sus 27 hombres. Marineros expertos y científicos graduados en famosas universidades formaban la Expedición Imperial Transantártica, que tenía por objeto cruzar a pie el continente antártico. Luego de haber navegado 1.500 kilómetros entre icebergs, a sólo un día de viaje del lugar en que comenzarían a caminar, el navío de Shackleton quedó atrapado entre hielos que durante 10 meses lo arrastraron lejos del continente, destruyéndolo finalmente como si fuera una cáscara de nuez.

La expedición debió vivir otros 10 meses en la Antártida, con elementos mínimos, acampando y caminando cientos de kilómetros sobre masas flotantes de hielo o navegando en frágiles botes que habían logrado rescatar de su barco, comiendo vísceras frescas de animales para evitar el escorbuto, sin que nadie en el mundo supiera dónde estaban, hasta que fueron rescatados gracias a su propia entereza y con la ayuda del Piloto Pardo, a bordo del remolcador Yelcho, de la Marina de Chile.

El testimonio de Shackleton y sus hombres no pretende poner a los jóvenes en situación de correr los mismos riesgos, sino invitarlos a que tomen de estos exploradores el ejemplo de resolver sus dificultades con entereza, la misma que simbolizaba el nombre de Endurance, que ellos habían puesto a su barco.

Desplegar las posibilidades físicas

Buscar nuevas pistas, transitar caminos antes ignorados, subir una colina, atravesar una quebrada, descender por la ribera de un río, pasar la noche bajo las estrellas, preparar el propio alimento, procurarse abrigo y seguridad, son actividades que permiten usar el cuerpo para conocer el mundo, descubrir las propias posibilidades, probar las fuerzas que emergen, adquirir nuevas certezas y ganar confianza en sí mismo.

De estos esfuerzos los jóvenes encontrarán testimonios notables en grandes exploradores de América.

En 1799 desembarcó en Venezuela el gran naturalista, geógrafo e historiador alemán Alexander von Humboldt. Durante 5 años, en compañía del naturalista francés Bonpland, recorrieron los llanos, remontaron el Orinoco y por el río Casiquiare alcanzaron el río Negro y la selva ecuatorial. Estuvieron en Cuba y Colombia, ascendieron el río Magdalena y llegaron a Quito, desde donde se dirigieron a Los Andes, escalando el Chimborazo. Atravesaron la cordillera, estudiaron el Alto Marañón, volvieron a Lima y en 1804, antes de regresar a Europa, visitaron México.

Antes, durante y después que Humboldt viajara por América, muchos otros investigadores exploraron el continente en medio de condiciones adversas. José Celestino Mutis, médico sevillano establecido en Bogotá, montó en el siglo XVIII una expedición con sabios y artistas que prepararon más de 24.000 láminas sobre la flora de América, representando casi 5.000 especies. La biblioteca que dejó formada en Bogotá fue considerada por Humboldt como “mejor que la mejor del mundo”.

Francisco José de Caldas, sabio colombiano nacido en Popayán, quien llegó a ser gran amigo de Mutis, se presentó por primera vez ante él con una partida de 14 mulas cargadas de cajones en los cuales se contenía su museo ambulante. Al decir del propio Caldas, en esas cargas había, entre múltiples objetos, descripciones y observaciones de viajes, “…un herbario respetable de cinco a seis mil esqueletos disecados en medio de las angustias y velocidad del viaje…”

Antonio Raimondi, nacido en Milán, Italia, botánico, químico, geógrafo, geólogo, físico, meteorólogo, viajero, naturalista, historiador, maestro, dibujante, pintor, arqueólogo, antropólogo, pero sobre todo explorador, es quien inicia a mediados del siglo XIX la investigación científica en el Perú. Entre sus recopilaciones se encuentran 595 objetos de antropología; 11.575 de zoología; 590 de botánica; 7.513 fósiles, minerales y rocas; aparte de 20.000 especies en sus herbarios. Dirigiéndose a los jóvenes del Perú, a quienes dedica su obra, escribe que “confiado en mi entusiasmo he emprendido un trabajo muy superior a mis fuerzas. Les pido su concurso. Ayúdenme. Den tregua a sus pasiones políticas y conságrense a conocer su país y los inmensos recursos que tiene”.

Estos y muchos otros testimonios de exploración al servicio del ser humano, no habrían sido posibles sin un esfuerzo que desarrollara al máximo las posibilidades físicas de sus protagonistas.

¡Qué oportuna coincidencia entre este aspecto de la exploración y la necesidad de los jóvenes de esta edad, mujeres y hombres, por desplegar sus capacidades físicas!

Sobre la base de esta coincidencia educativa Baden-Powell fundó los scouts y les puso ese nombre. La palabra scout significa explorador, el que va delante, el que da noticia de lo que está por ocurrir, como en su momento lo hicieron Humboldt, Bonpland, Mutis, Caldas, Raimondi y tantos otros que exploraron y nos iniciaron en el conocimiento de América.

También por esta necesidad de desplegar las posibilidades físicas, los scouts privilegian la vida al aire libre. La exploración es ante todo salir, ponerse en movimiento, actuar, trasladarse, viajar, buscar. Explorar viene del latín explorare que significa practicar un reconocimiento. Y aventura se origina en venire, que significa movimiento encaminado a un lugar específico.

Para gran parte de los jóvenes de hoy, cuya posibilidad de aventurar se reduce a la pantalla de televisión o a los juegos de video, el testimonio de los exploradores potencia las capacidades de soñar, abre nuevos horizontes, enriquece el mundo de sus juegos y se hace realidad en actividades y proyectos, impulsando a actuar, a desplazarse, a descubrir las posibilidades del propio cuerpo.

Ampliar el conocimiento y usar el ingenio

Como hemos visto en los testimonios anteriores, explorar también pone a prueba las capacidades intelectuales. De ahí que habitualmente usemos la expresión explorar como sinónimo de investigar.

Igualmente, la palabra inglesa scout no sólo significa explorador, ya que su origen se remonta a la palabra latina auscultare, que se refiere a escuchar, examinar y escudriñar.

¡Magnífica oportunidad para los jóvenes y sus emergentes capacidades de abstraer, deducir, cuestionar y generalizar!

No hay exploración sin problemas o conflictos y no hay exploradores sin capacidad de resolver esos conflictos usando su ingenio. Tampoco hay ingenio sin conocimiento. Para que la exploración tenga relevancia requiere formación y crecimiento mental e intelectual a medida que la exploración progresa.

A las 6:00 de la mañana, hora de Greenwich, del domingo 21 de marzo de 1999, Bertrand Piccard y Brian Jones se convirtieron en los primeros aeróstatas en dar la vuelta al mundo sin escalas, luego de haber volado en globo tripulado durante 19 días, 21 horas y 55 minutos, recorriendo 41.920 kilómetros. Eso no hubiera sido posible sin contar con un sorprendente globo de 55 metros de altura, que sostenía una cabina presurizada de 6 metros de largo, dotada de la más alta tecnología, y apoyada desde tierra por un equipo de información meteorológica que les permitía predecir las corrientes de aire en chorro con 3 días de anticipación.

Y no sólo en la época tecnológica la exploración ha demandado crecimiento intelectual. En el río Missouri todo habría sido más difícil para Lewis y Clark si no hubieran contado con la ayuda de Sacagawea, una joven india shoshone que se unió a la expedición con su esposo francés. Como conocía el terreno hizo de guía, como hablaba otras lenguas sirvió de intérprete con los indios y como conocía las hierbas y los frutos de su tierra, preparó medicinas y comidas para sus compañeros de expedición. La misma Sacagawea se habría visto en apuros si Lewis no hubiera sabido atenderla durante el difícil parto en que nació su hijo Juan Bautista.

La clave está en el conocimiento, que se convierte en ciencia y técnica. El uso de una ciencia apropiada otorga legitimidad y valor a la exploración. Hoy se ven infinidad de proezas, pero si no se hace ciencia valiosa no se es explorador, es sólo como si se vagara por ahí. Sería como si los scouts acamparan sin técnicas de pionerismo, cabuyería o soluciones ingeniosas que protejan el medio ambiente. Es como si consideráramos exploradores a un grupo de compinches que sale de picnic.

Dar una mirada diferente a la vida

Explorar no sólo implica nuevas tierras, despliegue físico y encuentro con la ciencia. También es adquirir nuevas dimensiones desde las cuales observar de manera distinta los hechos de siempre.

Al regreso de cada excursión o campamento los padres ven con sorpresa cómo los jóvenes vuelven distintos. De las nuevas tierras retornan un poco más autónomos, más capaces de entablar un diálogo horizontal; y también transformados, con una mirada diferente. Tan importante es este nuevo modo de ver las cosas de siempre, que en su extensa obra En búsqueda del tiempo perdido, el escritor francés Marcel Proust llega a afirmar que “el único y verdadero viaje de descubrimiento no consiste en ir a nuevos lugares, sino en verlos con nuevos ojos”.

En 1924, cuando tenía 83 años, el francés Clement Ader vino a ser reconocido como el primero en incursionar en la aviación, no obstante que ya en 1873 -30 años antes que los hermanos Wright se hicieran famosos- fabricó un pájaro mecánico que había logrado elevarse ligeramente del suelo. Cuando niño los demás se burlaban de él porque pasaba horas mirando el vuelo de los pájaros. Al iniciar sus investigaciones, viajó a Estrasburgo para estudiar el vuelo de las cigüeñas y a Argelia para observar las grandes rapaces de África. En 1881, al iniciar con gran sigilo en París, en la calle Asunción, el primer taller para construir un avión, hizo instalar en altura una enorme pajarera con las aves que servían de modelo a los operarios.

En 1891 en París, cuando tenía 18 años de edad, Santos Dumont, precursor brasileño de la aviación, colgó de un árbol un automóvil en plena plaza pública para averiguar si el motor vibraría al estar suspendido. Como eso no sucedió, instaló motores a gasolina en globos aerostáticos. Llegó a construir 6 globos y 8 dirigibles. En 1906, en un avión fabricado por él, al que llamó ”14-bis”, recorrió 120 metros volando a una altura de 6 metros.

Comprometerse con todo lo que se es

Aunque parezca innecesario, hay que decir que explorar es mucho más que una hazaña para forzudos. La exploración física y mental traen aparejados el desarrollo del carácter, la expresión de los afectos, la sensibilidad social y la búsqueda espiritual.

Cuando Neil Armstrong -scout, como Baden-Powell lo había anticipado- se convirtió aquel 20 de julio de 1969 en el primer hombre que pisó la Luna, estaba poniendo a prueba todos los valores que templaron su carácter

Annie Smith Peck, profesora estadounidense de latín que en 1908, a los 59 años de edad, conquistó la cima norte del Huascarán, en los Andes peruanos, con sus 6.768 metros de altura, había comenzado su carrera de montañista sólo a los 45 años. Ella no era una experta, pero lo que le faltaba en experiencia lo suplía con su considerable tenacidad. Llegó a alturas que ninguna otra mujer había logrado y su última escalada fue el Monte Madison, en New Hampshire, cuando tenía 82 años de edad.

Cuando los integrantes de una cordada ascienden aferrándose con sus dedos a una angosta cornisa, cada paso es una aventura y también un gesto de amor y solidaridad con los demás escaladores que ascienden atados a ellos con débiles hilos.

El certificado que se muestra en esta página se encuentra en la Oficina Scout Mundial y dice textualmente: “Certifico que esta insignia scout mundial fue llevada a la superficie de la Luna en el primer alunizaje del hombre. Apolo XI, 20 de julio de 1969. Neil Armstrong, Comandante de la tripulación, Apolo XI”. Aldrin y Armstrong avanzaban a saltos por la superficie lunar, maravillando a millones de personas que en la Tierra los seguían por televisión. Sus saltos se convirtieron en una imagen característica del siglo 20 y simbolizaron el espíritu de exploración y búsqueda del ser humano.

Cuando en su rústico laboratorio de París, la polaca Marie Curie soportaba las radiaciones que finalmente le causaron la muerte, además de explorar en los misterios de la ciencia pensaba sin duda en las vidas que estaba contribuyendo a salvar con el descubrimiento del radio. A los 56 años escribía que “no podemos confiar en construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos. Con este propósito, cada uno de nosotros debe trabajar en su propio perfeccionamiento, aceptando, en la vida general de la humanidad, su parte de responsabilidad”.

Cándido Mariano Da Silva Rondón, recorrió durante años el interior del Brasil estableciendo líneas telegráficas en vastas zonas sin caminos y pobladas de aborígenes. Sus expediciones sumaron más de 40.000 kilómetros, lo que equivale a una vuelta completa al globo terráqueo. A pesar del mérito de su gigantesca obra de progreso, Rondón se hizo conocido por el respeto que demostró por las culturas originales y por su defensa de la vida y derechos de los indios, lo que le valió que hasta ahora se le mencione como “Mariscal de la Paz”. Su divisa era “…morir, si es preciso, pero matar, nunca”. En muchas regiones del Brasil existen grupos scouts que llevan su nombre.

Cuando Piccard y Jones habían completado la vuelta al mundo y estaban próximos a aterrizar su globo en las arenas egipcias, Piccard escribía “…por ahora dejo que el cortante frío de la noche me recuerde que todavía no hemos aterrizado, que aún estamos viviendo uno de los momentos más hermosos de nuestras vidas. La única manera en que podré hacer duradero este momento será compartiéndolo con otros. Tuvimos suerte, gracias a los vientos de la Providencia. Que los vientos de la esperanza sigan soplando alrededor del mundo”.

Todos estos testimonios demuestran que explorar es una actividad que entreverada entre todas las otras actividades del ser humano, es una celebración de su espíritu e involucra todas las facetas de la personalidad.

Convertir la exploración en búsqueda permanente

Explorar no sólo es partir. El regreso también es parte de la aventura. Pasada la prueba, encontrado el camino, se regresa y se comparte lo aprendido. De la palabra latina venire derivó también el vocablo adventus, que significa llegada.

Pero luego de permanecer y compartir, algo desde adentro nos impulsa de nuevo a partir. El adventus se transforma en explorare. Y he ahí que de pronto nos sorprendemos en la vigilia de un nuevo viaje, ya sea a las profundidades de una nueva idea, a las entrañas de una cultura diferente o al interior de nosotros mismos. Lo necesitamos para reconstruirnos, para ser más, para seguir viviendo.

Robert D. Ballard, científico del Instituto de Exploración de Mystic, Connecticut, quien logró encontrar el lugar en que se hundió el famoso Titanic, dice que “entonces iniciamos un nuevo viaje épico para soñar, preparamos nuestro equipo de argonautas y nos presentamos para ser nuevamente puestos a prueba”.

Ballard, quien describe su trabajo como aquellas antiguas búsquedas legendarias, agrega que “el espíritu de exploración es parte integral del ser humano”. Y concluye: “todos somos exploradores. ¿Cómo podría alguien pasar su vida observando una puerta sin jamás abrirla?”

Los jóvenes exploran espontáneamente, lo hacían antes del método scout y aun cuando éste no existiera lo seguirían haciendo. El valor del método es desentrañar esta característica del alma juvenil y convertir la exploración en una motivación, en un símbolo, en un estilo y en una pasión que se entrelaza con nuestra búsqueda de los orígenes, de la naturaleza y del destino del ser humano.