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Otros Aspectos

En la primera etapa de la adolescencia se pueden distinguir dos rasgos de edad: 11 a 13 años y 13 a 15 años

La repentina maduración sexual de los adolescentes, el acelerado crecimiento que le sigue, los cambios mentales que se asocian a los cambios biológicos y las consecuentes demandas que la sociedad les hace a los jóvenes, permiten que entre 11 y 15 años distingamos dos rangos de edad.

En el primero, aproximadamente de 11 a 13 años, de un modo general las preocupaciones del adolescente se concentran en los aspectos biológicos del yo. Los jóvenes se encuentran muy atareados en ajustarse a una velocidad insólita de maduración biológica y se repliegan sobre sí mismos. Como no se sienten seguros, no están muy interesados en sus pares del otro sexo, no propician contactos con ellos e incluso tienden a rechazarlos. Esta actitud varía alrededor de los 13 años, a medida que los jóvenes se adaptan a las nuevas condiciones, consolidan su imagen corporal y adquieren nuevas seguridades. Al avanzar el desarrollo, las pandillas del mismo sexo ceden su lugar a las heterosexuales.

En el plano físico, debemos tener presente que el llamado “estirón”, que consiste en la acelerada tasa de estatura y peso que sigue a la maduración sexual, se produce en distintos momentos según si se trata de hombres o mujeres.

En las jóvenes, en promedio, la aceleración del desarrollo comienza entre los 10 y los 11 años, llega a su máximo a los 12 años y cerca de los 13 años baja rápidamente hasta alcanzar las tasas de desarrollo anteriores al estirón, lo que no impide que el crecimiento lento continuado prosiga durante varios años más. En el muchacho medio, en cambio, la rápida aceleración del crecimiento comienza poco antes de los 13 años, alcanza su máximo hacia los 14 años y poco después baja bruscamente hacia las tasas previas al estirón.

La circunstancia de que las mujeres alcanzan su estatura y peso de adultas unos dos años antes que los hombres, alimenta la creencia común de que “las mujeres maduran antes que los varones”, lo que es un error si consideramos que la madurez es un proceso que comprende toda la personalidad y no sólo el desarrollo físico.

Tanto en hombres como en mujeres el desarrollo muscular avanza a medida que aumenta la estatura y llega a una tasa máxima de crecimiento poco después de alcanzado el punto culminante en el aumento de estatura.

Sin embargo, los hombres avanzan más rápido que las mujeres y el incremento de su tejido muscular y de su fuerza es mayor que el de ellas, característica que conservan durante los años de su edad adulta. Esta circunstancia es muy importante de considerar para el diseño de actividades educativas y la animación de juegos, especialmente cuando se ha escogido la modalidad de patrullas o Unidades mixtas.

A la maduración sexual y a los cambios físicos les seguirán los cambios psicológicos. El desarrollo de la identidad requiere darse cuenta del propio yo como algo distinto o aparte de los demás, a la vez que encontrar y experimentar a través del tiempo un cierto sentimiento de congruencia, tanto en relación a sí mismo como a los demás. Estos aspectos del ajuste son simultáneos a la maduración sexual y al estirón, pero como la identidad individual se forma lentamente, se necesita más tiempo para integrar esos cambios.

De ahí que aspectos psicológicos tales como la independencia respecto de la familia y el acercamiento al grupo de pares como fuente primordial de seguridad y estatus, se hacen más notorios de 13 a 15 años y se prolongan después de los 15 años, aun cuando la velocidad del crecimiento haya disminuido.

De 13 a 15 años, también de manera general, se acentúa el desarrollo cognoscitivo asociado al cambio físico. Aparece con más claridad la etapa de las operaciones formales o pensamiento abstracto, constituida por la capacidad de pensar acerca de aseveraciones que no guardan relación con objetos reales del mundo.

En este rango de edad los jóvenes demuestran más capacidad de formular y probar hipótesis y de pensar en lo que podría ser y no sólo en lo que es, lo que los hace más introspectivos y analíticos. El aumento en el uso de la ironía, la capacidad de crítica y hasta el gusto por la utilización del doble sentido son expresión del deseo de demostrar sus nuevas destrezas cognoscitivas.

La aparición de estas nuevas capacidades intelectuales aumentan a su vez las demandas que la sociedad hace a los jóvenes entre 13 y 15 años, especialmente en materia de educación, vocación e independencia, lo que modifica progresivamente sus relaciones con los adultos y acelera su integración en el grupo de pares.

Desde el punto de vista del programa scout, estos dos rangos de edad dan origen a dos columnas diferentes de objetivos, que si bien apuntan a los mismos objetivos terminales, consideran las particularidades de cada rango de edad según se han descrito.

Hombres y mujeres son iguales y diferentes

Como se ha dicho, los cambios hormonales que detonan el despertar de la adolescencia marcarán diferencias físicas y motrices y ritmos de crecimiento distintos entre el hombre y la mujer.

También es posible observar diferencias en aspectos afectivos y cognoscitivos, que se refieren a los rasgos, comportamientos, actitudes e intereses de jóvenes de uno y otro sexo. El origen de estas diferencias en aspectos de la personalidad que no son físicos ha dado lugar a discusiones, pero hoy es generalmente aceptado que las formas de comportarse de hombres y mujeres son adquiridas y que dependen casi por completo del ambiente en que los jóvenes han sido educados y de los modelos que han tenido a su alrededor, los que representan para ellos una forma “heredada” de ser hombre y ser mujer.

El origen fuertemente “cultural” de estas diferencias se relaciona estrechamente con ciertos estereotipos que prevalecen en nuestra sociedad, pues aunque mucho se ha avanzado hacia la igualdad de derechos y oportunidades para hombres y mujeres -sobre todo en el plano teórico- aún subsisten en amplios sectores marcados estereotipos de lo que se estima propiamente femenino o masculino.

Debido a la necesidad de afirmación de la identidad sexual, característica de este período, para establecer amistades suelen buscarse mutuamente los jóvenes de un mismo sexo: varones con varones y mujeres con mujeres. De ahí que los grupos naturales son habitualmente homogéneos en cuanto a sexo, particularmente en el primer tramo de edad, que va de los 11 a los 13 años, aproximadamente.

La ansiedad que puede surgir en los jóvenes por explorar la relación con personas del sexo complementario no suele resolverse en este primer momento. Su urgencia por atender a sus propios cambios interiores es más fuerte e incluso genera cierta distancia “defensiva” entre jóvenes de uno y otro sexo. A partir de los 13 años, según el ambiente y las características personales, el mejor conocimiento y manejo de las nuevas pulsiones que viven los jóvenes despierta su interés hacia personas del sexo complementario.

Este aspecto debe ser cuidado en la formación de patrullas, tanto en la edad como en el sexo de quienes las integran. También debe prestarse atención a los estereotipos, los que tienden a reforzarse en grupos sexualmente homogéneos.

La aplicación apropiada del método scout permite compensar la tendencia y mantener equilibrio entre los jóvenes. Incluso en sociedades muy abiertas, como las escandinavas, hay una tendencia a que las jóvenes sean educadas en habilidades de relación, consenso y negociación, mientras que los jóvenes reciben énfasis en habilidades de competición, confrontación y asertividad, lo que contribuye a mantener los estereotipos.

En nuestra Unidad debemos evitar condicionarnos por esos estereotipos y prevenir, por ejemplo, la tendencia a que sólo los hombres desarrollen actividades que involucren desafío y liderazgo, mientras que las tareas más pasivas y de servicio se reservan a las mujeres.

Por otra parte, el deseo de afirmar la igualdad entre los sexos no puede hacernos olvidar las diferencias que se presentan y la natural complementariedad entre el hombre y la mujer. Por eso decimos que los jóvenes de uno y otro sexo son iguales y diferentes.

Educar en la igualdad y en la diferencia

Se debe entonces educar en la igualdad, haciendo que los jóvenes experimenten un real aprendizaje de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, garantizando a ambos sexos las mismas oportunidades de pleno desarrollo. Esto significa promover el conocimiento del otro, el respeto por sus particularidades y el carácter complementario de ambos sexos.

Simultáneamente se debiera educar en la diferencia, rescatando y resaltando las múltiples posibilidades de ser hombre y ser mujer de modo distinto. Eso supone que cada joven dispone en la Unidad de la libertad suficiente para desarrollar sus habilidades e intereses individuales, sin que tal o cual comportamiento se tipifique anticipadamente como inadecuado para uno u otro sexo.

Así como las diferencias no debieran implicar antagonismo o superioridad de un sexo sobre el otro, la igualdad de oportunidades no tiene por qué significar uniformidad o simetría.

Para lograr un proceso educativo que respete la igualdad y la diferencia, resulta fundamental que padres, profesores y dirigentes de jóvenes actuemos de común acuerdo. Es la única forma de superar la tendencia machista que subsiste en la cultura y la reacción más bien ideológica del feminismo, que se le opone como una especie de machismo al revés.

Cada joven es una historia y un proyecto irrepetibles

Saber las características generales de los jóvenes entre 11 y 15 años y reconocerlos como iguales y diferentes, constituyen un conocimiento y una actitud elementales para nuestro trabajo de educadores voluntarios de tiempo libre.

Sin embargo, no obstante las semejanzas, es evidente que no todos los jóvenes son iguales y que no todos se enfrentan a las mismas demandas de su ambiente. Un joven de un sector económicamente depreciado, que vive en un hogar deshecho o en un barrio segregado, tiene problemas enormemente distintos de aquellos que enfrenta un adolescente económicamente privilegiado, miembro de una familia unida y protectora, en un barrio de clase alta.

Todos los adolescentes comparten cierto número de experiencias y problemas comunes. Todos pasan por los cambios físicos y fisiológicos de la pubertad y del crecimiento posterior. Todos se enfrentan a la necesidad de establecer su identidad y trazarse su propio camino como miembros independientes de la sociedad. Sin embargo, y no obstante lo que comúnmente se diga en los discursos, no existe una identidad a la que podamos llamar “el adolescente” o “los jóvenes de hoy”, ya sea que se les mire eufóricamente como ”el futuro de la Patria” o negativamente como “el reflejo de todos los males de nuestra sociedad”. Estas son simplificaciones abusivas y engañosas.

De ahí que conocer las generalidades no es suficiente. En una etapa de crecimiento y grandes cambios, irregulares e individuales, es necesario, además, conocer a cada uno personalmente. No basta saber qué son la adolescencia y la pubertad y cuáles son los desafíos que se presentan a los jóvenes entre 11 y 15 años.

Para conocer cómo es ella o él personalmente, es fundamental observar las particularidades que hacen única su personalidad y que dependen de su conformación orgánica, del hogar en que nació, del orden que ocupa entre sus hermanos, de la escuela en que estudia, de los amigos y amigas con quienes comparte, del entorno que lo rodea, de la forma en que se ha desarrollado su vida, en fin, de su irrepetible historia y realidad individual.

Para obtener esa información de cada joven que integra la Unidad -especialmente de aquellos cuyo crecimiento sigues y evalúas- no bastan libros, cursos ni manuales. Es necesario darse tiempo para compartir con él o ella, conocer su ambiente, vivir los mismos momentos, ser testigo de sus reacciones, entender sus frustraciones, escuchar su corazón, desentrañar sus sueños, en una palabra, descubrir a cada uno como persona.

Ese esfuerzo es tu primera tarea y su éxito dependerá de la calidad de la relación que establezcas con cada joven. Una relación educativa que supone interés, respeto y amor.