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Las Principales Tareas de Desarrollo entre 11 y 15 años

Construir el “Esquema Corporal”

La transformación del cuerpo es la más evidente modificación que experimentan los jóvenes de 11 a 15 años. El esquema corporal, que es la imagen interna que manejamos de nuestro propio cuerpo, se ve alterado por dichas transformaciones.

En la infancia, el ritmo pausado de los cambios permite que el niño los integre a su esquema corporal a medida que los experimenta, pero la velocidad e intensidad de los cambios en esta etapa hacen muy difícil que el joven pueda integrarlos manteniendo una sensación de estabilidad y familiaridad consigo mismo.

Tener una buena opinión de sí mismo

Las modificaciones corporales siguen un curso irregular y la apariencia física de los jóvenes pierde la armonía de los años anteriores. Como el esquema corporal no es sólo un conocimiento objetivo, sino que está impregnado de valoraciones subjetivas, la irregularidad en los cambios influye fuertemente en la imagen que el joven o la joven tiene de sí mismo y, por consiguiente, en la autoestima.

Además, en la infancia su autoestima dependía casi exclusivamente de lo que sobre él o ella le decían sus familiares y otros adultos en posición de autoridad, mientras que ahora depende de su experiencia de sí mismo y de la opinión de sus pares, lo que produce inseguridad y deseo de afirmar su atractivo y aceptación afectiva y social.

Afirmar el rol sexual

Los cambios corporales están asociados a la maduración sexual. Durante la niñez, la sexualidad estuvo presente casi como un juego. Se expresaba fundamentalmente en la curiosidad y en la autoestimulación orientada por el propio placer. Cuando en la juventud irrumpen los impulsos sexuales, los problemas del sexo y del amor se tornan conscientes y se produce una acumulación de tensiones provenientes de las demandas propias del desarrollo sexual.

La resolución de estas tensiones dependerá de la fuerza de los impulsos, de la habilidad para evaluar la realidad, de la facilitación o prohibición del ambiente cultural en que se actúa, de los valores que orientan el carácter, de los mecanismos de gobierno de su personalidad, de su historia personal y de sus particulares circunstancias de vida.

La evolución sexual conduce durante todo este período a una progresiva y apropiada afirmación de su rol sexual, la que depende de una fuerte y positiva identificación con la figura paterna -ya sea el progenitor del mismo sexo u otra figura adulta que lo reemplace-, de experiencias gratificantes con personas del sexo opuesto y de vínculos identificatorios con otros jóvenes de su mismo sexo.

Es la época en que el joven se acerca al padre y a sus amigos y la joven a su madre y a sus amigas. Sólo más allá de los 13 años, primero de manera esporádica y luego más frecuentemente, comienzan a aparecer vínculos y amistades con pares del otro sexo. Esto guarda una estrecha relación con la mixticidad de la patrulla scout, como veremos más adelante.

Desarrollar nuevas formas de pensamiento

Paralelamente, emerge en este período una transformación intelectual que se desarrollará durante toda la adolescencia. Nuevas formas de pensamiento le permiten encontrar una comprensión más amplia e integradora de lo que ocurre. Cada vez con más estabilidad desarrolla operaciones formales que caracterizan la capacidad de generalización y abstracción.

Por el mayor conocimiento derivado del entrenamiento y la experiencia, los jóvenes demuestran capacidad para hacer juicios más lógicos apoyados en razonamientos causales. Tienen “una mayor efectividad para comprender y coordinar ideas abstractas, para pensar en posibilidades, para probar hipótesis, para pensar con anticipación, para pensar acerca del pensar y para construir filosofías”. (Raising Teens: A Synthesis of Research and a Foundation for Action. A. Rae Simpson, Ph. D., Center for Health Communication, Harvard School of Public Health, Boston, 2001).

Un niño de 7 años juega con fuego sin reflexionar que eso puede terminar causando un incendio. Su imposibilidad de establecer relaciones causales le impide ver las consecuencias. Un joven de 12 años, capaz de establecer representaciones simbólicas, puede adelantarse a una situación que aún no ocurre en la realidad y sabe que, si se dan ciertas condiciones, puede producirse un incendio, aun cuando en el momento en que establece esa relación no haya fuego de por medio.

Si a un grupo de niños de 7 a 9 años que juega en la calle se les escapa la pelota más allá de un cruce de calles, éstos tratarán de recuperarla a toda costa, sin advertir el riesgo que implica lograr su objetivo. Jóvenes de 11 a 13 años, en las mismas circunstancias, poseen la capacidad de evaluar simultáneamente tiempo y espacio, distancia y profundidad, y por tanto apreciar el riesgo que implica tratar de alcanzar el balón perdido. Estas habilidades se adquieren progresivamente, por lo que no puede pensarse que en esta edad los jóvenes están en condiciones de medir todos los riesgos a que pueden verse enfrentados.

Una joven tenista de 7 años se limita a responder los lanzamientos que recibe y a tratar que la pelota devuelta pase la malla. Sólo a partir de los 11 años reconocerá las reglas formales. Basándose en esas reglas y en la observación del estilo de su contrincante, advertirá patrones de juego y de errores, produciendo una respuesta estratégica. Ha aprendido a abstraer, a generalizar, a establecer causalidades y, como resultado, a dar respuestas más válidas.

Estos ejemplos nos permiten entender que lo mismo pasa en el terreno de los conceptos más abstractos y en los valores. De ahí que ciertas “respuestas estratégicas” imprevistas de los adolescentes, suelen descolocar a los padres y a los profesores. Es igual que si jugando relajadamente con nuestra tenista del ejemplo, fuéramos de pronto sorprendidos por un increíble “passing-shot”.

Aprender a manejar emociones cambiantes

En este período también se presentan cambios emocionales que son característicos y que convergen con los cambios hormonales y las transformaciones intelectuales o son consecuencia de ellos. Época de confusión de sentimientos en que se desea “ser grande” e independiente a la vez que se añoran el trato familiar acogedor y la seguridad que caracterizan a la infancia.

Tiempo de iniciativas portentosas que se suceden unas a otras y que de improviso se ven interrumpidas por episodios de apatía, indolencia y ensimismamiento. Momentos de alegría incontenible que de pronto se tornan en tristeza y hasta en llanto. Períodos de intenso asombro y reflexión ante el despertar de la propia sexualidad, que pasan por la ansiedad y se encaminan después hacia la curiosidad y el descubrimiento de estos procesos en el sexo complementario.

Los jóvenes de esta edad no avanzan en forma lineal hacia la etapa adulta, sino que en su camino reaparecen impulsos y necesidades infantiles que coexisten con el ansia de insertarse en el mundo en una forma nueva. Esto requiere tiempo y paciencia, especialmente de parte de los adultos, que con frecuencia fomentamos salidas rápidas y no guardamos frente al joven un mismo comportamiento. Junto con decirle “ya no eres un niño”, a menudo le recordamos que “todavía no eres un adulto”. Con esto fomentamos reacciones ansiosas y los inducimos a buscar soluciones adaptativas prematuras para resolver la tensión natural del período. Sin embargo, esta ansiedad cumple un papel positivo al promover el aprendizaje, incrementar la capacidad de ejecución y aumentar el nivel de aspiraciones.

Nuestras propias confusiones y contradicciones como adultos se reflejan en nuestro pensamiento y el joven las percibe ahora con más claridad que en la infancia. Ello agrega un nuevo factor de incertidumbre a las inquietudes que de por sí vive en su intento de interpretar y accionar con el mundo en forma coherente. De ahí que los jóvenes tengan tendencia a seguir a los adultos que se les presentan con un sistema de valores definido.

Aprender a “Ponerse en el lugar del otro” y construir normas consensuadas

Los jóvenes adolescentes desarrollan y aplican progresivamente “un nivel más complejo de apreciación en perspectiva que les permite ponerse en el lugar del otro”. (Harvard, obra citada). Esta capacidad nueva y poderosa para comprender las relaciones humanas les ayuda a resolver problemas y conflictos en las relaciones.

Estas nuevas capacidades se reflejan también en la evolución que se produce desde el respeto unilateral de los niños por las reglas que le presentan los adultos, hacia el respeto mutuo entre jóvenes pares en torno a reglas consensuadas. Por ello es un tiempo en que los jóvenes deben gozar de espacios para cuestionar e incluso rechazar la ley establecida por los adultos, de modo que puedan reconstruir las normas o establecer otras nuevas que puedan interiorizar. En el capítulo 6, cuando se habla de la formación de la norma en los jóvenes y de la Ley Scout, se volverá con mayor amplitud sobre este tema.

Iniciar la búsqueda de la identidad, la apertura a la sociedad cercana y la construcción de un proyecto de vida

Esta capacidad de reflexionar, de volver a mirar su forma de pensar y la de los demás, lleva al joven o a la joven a cuestionar las orientaciones que provienen de su niñez y que se formaron básicamente en torno al grupo familiar. Son las primeras manifestaciones del paso de la dependencia infantil a la autonomía adulta, que se desarrollará fuertemente más avanzada la adolescencia.

Las oportunidades y el aprecio de los otros dependen cada vez más del mundo exterior que del ámbito familiar, por lo que se produce, como en otras etapas de la vida, una confrontación entre pasado y futuro. La opinión de los pares pasa a ser más poderosa que la opinión de la familia o la de los adultos. Los cambios corporales e intelectuales obligan a buscar nuevas modalidades de ajuste social. La identidad comienza a elaborarse mediante una síntesis entre las identidades infantiles y los nuevos impulsos y capacidades, tratando de alcanzar la sensación de continuidad.

Sin embargo, este proceso de elaboración de la identidad no culmina en este período ni tampoco durante la adolescencia, ya que continúa estructurándose a través de los años que corresponden a la etapa del adulto joven. Pero en este período se manifiesta fuertemente su deseo de no ser considerado como niño dependiente, sino como un sujeto que a partir de la conciencia de sí mismo es capaz de hacer aportes, diferenciados y propios, a su vida y a la de los adultos.

En el plano social aparecen nuevas relaciones interpersonales, procurando efectuar aquellas acciones que permitan extender su expresión personal a un plano social más amplio que el grupo familiar. No obstante, el ámbito social no se abre aún con la amplitud, cuestionamiento e inquietudes con que lo hará en las etapas siguientes de la adolescencia.

Por último, el joven y la joven comienzan a evolucionar desde un estilo y proyecto de vida complementario de la vida familiar hacia la elaboración de un proyecto existencial propio. Sin embargo, sólo en las fases siguientes lo visualizará claramente y lo podrá poner a prueba en la práctica, ya que su identidad no se consolidará en este período.

Aun cuando en el capítulo 9, al presentar los objetivos educativos de esta edad, volveremos sobre estas “tareas de desarrollo”, es conveniente que para estimular a los jóvenes en la realización de actividades y sobre todo para evaluar su crecimiento personal, amplíes y profundices la información anterior, la que puedes encontrar en buenos textos de psicología de la educación.